¿Alguna vez has sentido que la vida adulta es un traje que te queda grande? Como si estuvieras en medio de una habitación llena de adultos que entienden las reglas del juego, y tú no. El calendario en la pared grita que tienes 30, 40 o 50 años, pero por dentro resuena un niño confundido que espera que entre el "adulto de verdad" y lo resuelva todo. Esta sensación es más pesada que simplemente estar cansado. Es un miedo frío y pegajoso de no estar a la altura. Y no estás solo. Este estado tiene un nombre: infantilismo adulto.
El infantilismo no es estupidez ni pereza en estado puro. Es una reacción defensiva atrapada en el tiempo. Es una negativa a aceptar la realidad en la que ya no hay una figura protectora, y toda la plenitud de la elección (y por tanto, las consecuencias) recae sobre ti. Es un intento del alma de mantenerse a salvo en un mundo infantil, aunque limitado.
La psicóloga Nina Rubstein destaca tres marcadores claros por los que se puede reconocer este estado, no para juzgar, sino para ver el punto de crecimiento.
El primer y más obvio marcador es la posición de "no sé, no podré". No se trata de una ausencia real de habilidades, sino de indefensión aprendida.
Un adulto afectado por el infantilismo se rinde ante tareas que objetivamente están a su alcance. Pedir cita al médico, presentar la declaración de impuestos, ocuparse de las facturas de los servicios públicos, planificar unas vacaciones: todo esto se percibe como una montaña insuperable. Surge una sensación de "manos de algodón" y una fría niebla en la cabeza.
Esta persona busca a alguien que "lo haga por él". Puede quejarse de un problema durante horas, en lugar de dedicar 15 minutos a resolverlo. ¿Por qué? Porque la solución implica asumir el riesgo. Y mientras seas "indefenso", no eres culpable. Es una transferencia de responsabilidad a las circunstancias o a otras personas. "Soy simplemente un humanista, no entiendo esas cosas de números", dice una persona que tiene miedo de abrir la aplicación bancaria. "El hombre debe resolver estos asuntos", dice una mujer, negándose a profundizar en el presupuesto familiar, y luego sufriendo de completa dependencia.
Es una trampa. Al reconocerte como indefenso, entregas voluntariamente el control de tu vida.
El segundo pilar sobre el que se sustenta el infantilismo es la incapacidad de gestionar las propias emociones. Una persona madura reacciona a un acontecimiento, una persona inmadura cae en el afecto.
La inmadurez emocional se manifiesta así:
Es una vida en una montaña rusa, donde el mando está en manos de otros. Cualquiera puede pulsar un botón y enviarte en picado. La madurez, en cambio, es cuando el mando está en tu bolsillo.
Este es el núcleo del problema. La indefensión y la inmadurez emocional son solo síntomas que sirven al objetivo principal: evitar la responsabilidad.
¿Qué es la responsabilidad en este contexto? No es una carga pesada. Es el reconocimiento de un simple hecho: "Mi vida es el resultado de mis elecciones". La persona infantil le tiene pánico a esto.
El miedo a la responsabilidad se manifiesta en:
El miedo a la responsabilidad es, en esencia, miedo a la libertad. Ser libre significa elegir tu propio camino y pagar por tus propios errores. El infantilismo ofrece un trato imaginario: renuncias a la libertad y, a cambio, obtienes una ilusión de seguridad y el derecho a "no ser culpable".
A veces, el infantilismo se disfraza de "viveza" o "actitud despreocupada ante la vida". Es decir, ¿para qué esforzarse si puedes subirte a la espalda de alguien y colgar las piernas?
Nina Rubstein comenta esto con mucha precisión:
"Las personas psicológicamente maduras y adecuadas no sufren de viveza, porque utilizan herramientas de influencia en el mundo más poderosas que este jardín de infancia".
No hay fuerza en esta "viveza". Una persona que depende de los demás siempre es débil. Vive en constante ansiedad de que el "comedero" se cierre. Su "felicidad" es frágil y está totalmente controlada por aquel de quien depende. No es vida, sino supervivencia en una jaula dorada.
La buena noticia es que el infantilismo no es una sentencia. No es un rasgo de carácter, sino un hábito. Y los hábitos se pueden cambiar. La madurez es una habilidad que se puede y se debe entrenar, como un músculo en el gimnasio.
¿Cómo lograr la madurez emocional? Nina Rubstein da un consejo sencillo y eficaz:
"Plantearse tareas concretas que requieran responsabilidad y resolverlas. Cada tarea siguiente debe ser más difícil que la anterior".
Este es el camino. No es necesario intentar inmediatamente "ser adulto" en todo. Empieza poco a poco.
Cada pequeña cosa como esta, resuelta "a pesar" de la falta de voluntad, fortalecerá tu "músculo de la adultez". Al principio dará miedo. Luego será tolerable. Y luego sentirás algo nuevo: una sensación cálida y estable de respeto por ti mismo. Entenderás que estar de pie sobre tus propios pies no da miedo. Esto es la verdadera libertad.
El reconocimiento es el primer paso. Si has llegado hasta aquí y algo en tu interior ha resonado con dolor o reconocimiento, no te regañes. Agradécelo. Tu niño interior no es "malo", simplemente está asustado.
Crecer no es traicionar a ese niño. Significa convertirse para él en ese "adulto de verdad" que tanto ha esperado. Alguien que lo tome de la mano, lo calme y le diga: "Estoy aquí. Lo superaré. Lo superaremos".