Cuando un gran hombre fallece, la verdadera naturaleza de quienes lo rodeaban se manifiesta con especial claridad. La historia de cómo los allegados de Vladimir Vysotsky reaccionaron ante la cuestión de sus deudas se convirtió en una auténtica lección de nobleza y sabiduría cultural.
Tras la muerte de Vladimir Semiónovich Vysotsky el 25 de julio de 1980, su amigo cercano Artur Makarov se enfrentó a una tarea que habría sido una prueba para cualquiera: saldar las deudas del poeta con amigos y conocidos. La suma total ascendía a 38.000 rublos, una cantidad considerable para la época, equivalente aproximadamente al salario anual de un especialista cualificado.
Makarov tomó la decisión de vender ambos coches de Vysotsky para cumplir con esta obligación moral. La mayoría de las personas a las que Volodia debía dinero aceptaron los pagos sin objeciones. Entre ellos se encontraba el famoso guionista Eduard Volodarsky, que recibió la cantidad que le correspondía.
Sin embargo, también hubo quien decidió aprovecharse de la situación. Uno de los conocidos, tras recibir los cinco mil rublos que le correspondían, envió a su ayudante con una exigencia adicional. El mensajero informó: su jefe supuestamente recordó que en algún momento le había dado a Vysotsky otros 700 rublos, que inicialmente había olvidado mencionar.
Este episodio subraya de manera contrastante lo que sucedió después. La diferencia entre la mezquindad de unos y la nobleza de otros se hace especialmente evidente en el contexto del acto de Zurab Tsereteli.
El gran escultor Zurab Konstantínovich Tsereteli, a quien Vysotsky debía cinco mil rublos, se comportó de manera completamente diferente. Cuando Makarov fue a saldar la deuda, Tsereteli se negó rotundamente a aceptar el dinero.
Su explicación se convirtió en una lección de sabiduría cultural y humanidad. Tsereteli dijo que este dinero debería quedarse para los hijos de Vysotsky. Y luego añadió una frase que revelaba la profundidad de la tradición cultural georgiana:
En Georgia, cuando un amigo muere, el dinero se lleva a la familia, no se quita.
Estas palabras reflejan un principio fundamental de la cultura caucásica, donde la muerte de un amigo no es un momento para hacer balances financieros, sino un momento para apoyar a la familia huérfana. La deuda deja de ser deuda cuando su deudor fallece. En cambio, surge una nueva obligación: ayudar a los que quedan.